Kenny's Window, de Maurice Sendak

Poco después de cerrar Paraíso Inhabitado, de Ana María Matute, recordé una versión de la vida del dramaturgo escocés J.M. Barrie. Barrie es representado por Johnny Depp en Finding Neverland, la historia de cómo conoce e inicia una relación platónica con Sylvia Llewelyn Davies y una amistad con sus hijos que le lleva a crear el personaje de Peter Pan, el niño que nunca creció. En esa película me encontré con uno de los pocos fabulistas (más o menos) modernos que conozco y hasta antes de leer a Matute, también pensaba que era de los últimos.

Paraíso Inhabitado tiene muchos detalles de la niña curiosa e imaginativa que en su niñez fue su autora y con el paso de los capítulos redondea la historia de cómo fue su despertar al mundo de los adultos.

Los espacios de soledad y contemplación que a la niña de 5 años se le presentaban en muchas ocasiones, sea en el cuarto oscuro que servía de bodega y al que la enviaban por algún castigo o por colocarse detrás de un biombo a escuchar conversaciones de la Tata con la cocinera. Pero poco a poco fueron cediendo terreno a una mejor comprensión, que al costo de la pérdida de cierto encanto no fue un oscurecimiento de la imaginación, sino el despertar de la poderosa idea de que lo bello y lo bueno se puede hallar también en la realidad misma.

La voz de Matute se encuentra presente en todo momento, pero no resulta inverosímil que la historia la cuente un narrador que ha obtenido como con bisturí lo que de la propia experiencia tenía que ir descubriendo la niña de nuestra fábula y que sólo pudo adquirir significado con el tiempo.

Nunca hubiera podido imaginar que una ausencia ocupara tanto espacio, mucho más que cualquier presencia. Y fui consciente de mi gran soledad. Y este conocimiento aumentaba la tristeza que ya había descubierto. Sólo que ahora era mucho mayor. Si antes todo o casi todo me llenaba de inquietud, curiosidad y temor, ahora la soledad se iba ensanchando, día a día, creando una distancia cada vez más grande entre mi persona y cuanto me rodeaba. Y [la escuela de] Saint Maur, de incómodo y desazonador, pasó a convertirse en tortura.

Y de las líneas iniciales:

A veces los recuerdos se parecen a algunos objetos, aparentemente inútiles, por los que se siente un confuso apego. Sin saber muy bien por qué razón, no nos decidimos a tirarlos y acaban amontonándose al fondo de ese cajón que evitamos abrir, como si allí fuéramos a encontrar alguna cosa que no se desea, o incluso se teme vagamente.

El unicornio es la figura que amarra estas reflexiones, desde ese primer recuerdo que en los párrafos iniciales se presenta como el más lejano de la narradora. Es el mismo que la acompaña cuando conoce la nieve, aunque sólo ella fuera capaz de identificar las pisadas del unicornio que escapó del cuadro. El mismo que la observó cuando conoció a Gavrila, el hijo de la bailarina rusa vecina, con quien conocería una de las historias más impactantes de su niñez (El rey cuervo) y que aplastaría las hojas secas de su infancia.

El libro de Ana María Matute es verdaderamente una fábula, pero no de esas que tienen una única moraleja y reflexión, sino múltiples, cada una abierta a ser abordada con detenimiento, con una sola cosa en común: la idea de que “Tal vez la infancia es más larga que la vida”.

Ana María Matute

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