A principio de año leí El testigo de Juan Villoro, novela que debería reseñar pronto porque me parece una de las mejores que he conocido de un autor latinoamericano en los últimos años. Sin embargo, lo cito aquí porque un personaje ausente de la novela es el poeta mexicano Ramón López Velarde, que me agradó conocer entre las líneas de Villoro.

Descubrí el poema titulado El Pozo, que aunque escrito en México me recuerda a un par de anécdotas que he escuchado entre familiares y amigos un tanto mayores y que me gustó especialmente por la musicalidad de los versos.

Les comparto un fragmento porque hoy se celebra el día mundial de la poesía, pero a mí me gusta sorprenderme todos los días con formas creativas y bellas de relacionar las palabras y las cosas.

En la pupila líquida del pozo
espejábanse, en años remotos, los claveles
de una maceta; más la arquitectura
ágil de las cabezas de dos o tres corceles,
prófugos del corral; más la rama encorvada
de un durazno; y en época de mayor lejanía
también se retrataban en el pozo
aquellas adorables señoras en que ardía
la devoción católica y la brasa de Eros;
suaves antepasadas, cuyo pecho lucía
descotado, y que iban, con tiesura y remilgo,
a entrecerrar los ojos a un palco a la zarzuela,
con peinados de torre y con vertiginosas
peinetas de carey. Del teatro a la Vela
Perpetua, ya muy lisas y muy arrebujadas
en la negrura de sus mantos.
Evoco, todo trémulo, a estas antepasadas
porque heredé de ellas el afán temerario
de mezclar tierra y cielo, afán que me ha metido
en tan graves aprietos en el confesionario.

La obra de Velarde, por cierto, está completa en la biblioteca en la edición de Colección Archivos. La siguiente imagen está en esa compilación y es un manuscrito de “Treinta y tres”.

Lopez Velarde

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