Coetzee

Esta semana reseñamos Infancia, la primera de tres novelas que forman la serie Escenas de la vida en provincia de J.M. Coetzee. En ella, recorremos la vida de un personaje con el mismo nombre y fecha de nacimiento que su autor desde los 10 a los 13 años. Juventud comienza a la edad de 19, mientras que el joven Coetzee se encuentra en desesperada búsqueda de convertirse en escritor, en principio radicado en una universidad de Ciudad del Cabo pero que debido al clima de conflictividad que cada vez crecía más en Sudáfrica, al cabo de unas cuantas páginas nos transportamos 9600 km hasta Londres, Inglaterra.

Así comienza el crecimiento del autor, que busca un trabajo y con un título en matemáticas e inglés no hace más que empezar a trabajar en IBM Computers en una industria que apenas nacía en la Inglaterra de 1960 (más o menos). La idea de la metrópolis, un lugar en que los caminos de los genios, los inventores y los artistas se cruzan le atrajo hasta la capital del Reino Unido, pero acaso la gran ciudad no quería acogerlo a él de la misma manera.

Su medio de sobrevivencia es el arte, o al menos el deseo de fabricarlo. Mira hacia las vidas de Picasso y Ezra Pound y quiere aprender de ellos no sólo a crear belleza sino a vivir: “No puede alimentarse el arte solo con privaciones, añoranza, soledad. Tiene que haber intimidad, pasión, también amor” | “¿Nos espera alguna recompensa? ¿Se disipará nuestra soledad, o la vida de la mente es en sí misma una recompensa?

Pero el joven Coetzee no lleva la vida de Pound, ni de Eliot, ni de Picasso, ni mucho menos. Trabaja en una compañía aprendiendo del oficio de programador, y su temperamento no podría estar más lejos del deseo insaciable de vida del Rimbaud al que tanto admira. No parece encontrar la vida de locura y sexo que busca, ni parece saber por donde empezar en un ambiente que, aunque ciudad, a los ojos de este autor, aún permanece como una escena alternativa de su vida provincial.

‘La poesía no es un dejar libre la emoción, sino una huida de la emoción’, dice Eliot en palabras que él ha copiado en su diario. ‘La poesía no es una expresión de personalidad, sino una huida de la personalidad’. Luego, a modo de amarga ocurrencia tardía, añade: ‘Pero sólo aquellos que tienen personalidad y emociones saben lo que significa huir de tales cosas”.

Pero la lectura de Beckett y Ford Madox Ford le abren el camino hacia un mundo distinto al que él había concebido tiempo atrás como literatura. Ahora conocía una forma más de sobrevivir al mundo y crear el propio:

La prosa es como una extensión lisa de agua tranquila sobre la que uno puede ir añadiendo cosas a placer, dibujando sobre la superficie.

Así, las expectativas del joven Coetzee, como sus deseos, sus problemas, sus lecturas y sus miedos cambian. Y uno cambia con él, en tiempo presente y en tercera persona, como si estuviera tan ansioso como él en el Londres de 1964.

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