Comencé a leer Infancia luego de que el libro prácticamente saltara a mis brazos a mitad de una excursión sin rumbo por los estantes de literatura en el tercer piso. Boyhood, lo leí en inglés, no es sencillo de digerir ni mucho menos. Cuando J.M. Coetzee lo escribió ya tenía bajo el brazo un premio Booker por la novela Life & Times of Michael K, del 83, y otros títulos conocidos como Waiting for the Barbarians y Age of Iron. Infancia es un regreso a la vida provincial en la que se formó este autor, recorriendo en tercera persona y en presente los acontecimientos de la década de los cuarenta y cincuenta en un pueblo llamado Worcester, a unos 120 km de Ciudad del Cabo.

Coetzee nació a padres blancos, de ascendencia Afrikaner pero que preferían “ser ingleses” por virtud de su educación. Es un niño con tempranas aspiraciones literarias, interrumpidas ocasionalmente por el miedo a no ser el primero en la clase. Nunca ha sido golpeado por los profesores y ocasionalmente miente sobre su religión y pasa el tiempo con los niños judíos a quienes no se les obliga a asistir a ningún tipo de ceremonia; los Afrikaners son calvinistas. Pero sobre todo le preocupa la sentencia de la tía Annie:

The boy is special, Aunt Annie told his mother, and his mother in turn told him. But what kind of special? No one ever says.

La sociedad sudafricana no es menos cruel que las preocupaciones de John, que ve a su madre ceder en el asunto de la bicicleta que constituye la primera discordia entre los padres al abrir las primeras páginas del libro y que se desenvuelve en la fragmentación del matrimonio Coetzee.

El refugio sólo lo encuentra en la granja de la familia de la madre, donde en medio de la soledad del campo y la compañía de las ovejas parece encontrar algún sentido de pertenencia muy particular:

The secret and sacred word that binds him to the farm is ‘belong’. Out in the veld by himself he can breathe the word aloud: I belong on the farm. What he really believes but does not utter, what he keeps to himself for fear that the spell will end, is a different form of the word: I belong to the farm. He tells no one because the word is misunderstood so easily, turned so easily to its inverse: The farm belongs to me. The farm will never belong to him, he will never be more than a visitor: he accepts that.

Pertenecer: la palabra que tan fácil se malentiende.

Casi me rindo a mitad del libro pero al final me agradó no haberlo hecho. La sorpresa más grata está en las últimas páginas porque creo que Coetzee responde la duda que le introdujo la tía Annie a través de esta serie de escenas de su vida en la provincia.

Boyhood

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