Descubrí los libros alrededor de los catorce años y para los quince ya me consideraba un verdadero groupie de Jorge Luis Borges. Por eso me cuesta explicar cómo me tomó cerca de seis años tomar un libro de su cercano colaborador, Adolfo Bioy Casares.

En El viajero más lento, de Enrique Vila Matas, hay un segmento que se titula “Bioyinventario”, una suerte de diccionario de bolsillo sobre la vida y obra del argentino que Vila Matas fabricó poco después del Premio Cervantes otorgado al autor de libros como El sueño de los héroes, El gran serafín y Seis problemas para don Isidro Parodi (co-escrito por Borges).

Bajo el apartado de amor se encontraba lo siguiente:

En La invención de Morel un italiano que vende alfombras en Calcuta le habla de la isla de las almas perdidas al narrador y le dice que es el foco de una enfermedad misteriosa. Esa enfermedad parece una metáfora del amor. En realidad le está hablando de la máquina soltera de Morel, pero a nosotros nos parece que lo hace del amor, que precisamente es el gran ausente de los cuentos de amor de Bioy.

Esta cita, hasta cierto punto, me ahorra el trabajo de descifrar cómo invitarlos a leer la obra central de Adolfo Bioy Casares sin revelarles sustancialmente el argumento. El propio Borges en el prólogo se refrena de hacerlo, simplemente indicando que no le parece exageración o hipérbole calificarla de perfecta y ubicándola en la genealogía general de la literatura. La invención de Morel es el arquetipo latinoamericano de novela fantástica y con mucha razón: al leer las 129 páginas me ocurrió que era prácticamente imposible detener la lectura, resolver la dificultad de un narrador que se encuentra enamorado de una mujer con una existencia incompatible en el tiempo y el espacio.

El amor es el gran protagonista ausente. Hay que descubrirlo. Es la tarea del lector.

La invención de Morel