“¡Hay que mantener a raya la muerte de la imaginación!”

Esa es la recomendación final que hace Harold Bloom, el famoso canonista y crítico literario, en una conversación que abrió un interesante debate sobre el espíritu de la crítica literaria contemporánea, con sede en Babelia, suplemento dominical de El País.

Lo expresa casi al final de la entrevista como una recomendación para dejar de “bordear el abismo cultural”. Es el reclamo de un hombre que siempre ha sostenido un duelo contra lo corriente; alguien para quien la literatura son las pulsaciones de su vida, que ha enseñado a amarla y en cuyo empeño pasó a ser uno de los críticos de referencia del último medio siglo, un relevo y respuesta a otros como el poeta T. S. Eliot. Todo viene de aquel niño que a los diez años empezó a leer poesía, a los 13 descubrió Macbeth, de Shakespeare, y, sin darse cuenta, se convirtió en un heredero de Longino, que propugna una ideología estética, y también en una especie de incentivador del espíritu agonista, del duelo dialéctico, en busca de… ¡La belleza! ¡El arte! ¡Lo sublime!

Es precisamente este mismo niño de 13 años quien por su camino hacia los 81 ha producido muchas grandes obras de la crítica literaria e incluso un libro este año, titulado The Anatomy of Influence: Literature as a Way of Life, y que es de los grandes títulos de las publicaciones recientes.

Su obra fundamental es quizás El canon occidental (en inglés en la colección) pero además es famoso por Genios: un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares (en inglés también).

Otras obras de Bloom son:

Harold Bloom

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