Enrique Vila-Matas escribe sobre la forma en que el artista divide sus pensamientos entre la realidad en que de hecho circula y la que constantemente tiene necesidad de crear. Y al hacerlo, me recuerda un punto que mi amiga Cristina hacía ayer cuando decía que las más grandes personas están necesariamente un poco locas. Hoy lo relacioné con los locos que escriben, pero mañana puede ser con los locos que inventan cosas o quienes las descubren, pensando distinto:

La mirada más característica del artista tiene un lado sombrío, que detectamos cuando nos llega la sospecha de que nuestros autores favoritos escribieron con pericia admirable sobre la vida, pero jamás supieron nada acerca de ella. En muchos de ellos es perceptible incluso una especie de paso atrás en la relación con el mundo, un escalón extraño que les separa de la realidad. Pero sin ese escalón sería difícil comprenderlos, porque éste paradójicamente les ayudó a sobrevivir y a ser, de paso, falsos conocedores de la vida, sorprendentes narradores, grandes tarados: en el fondo, seres convencidos de que la verdad tiene la estructura de la ficción.

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