Haruki Murakami

Haruki Murakami es un escritor por demás prolífico. Luego del que quizá es su mayor éxito, La crónica del pájaro que da cuerda al mundo, le suceden una serie de títulos conocidos por los lectores de todo el mundo. Verbigracia: Kafka en la orilla; Sauce ciego, mujer dormida; After Dark; Sputnik, mi amor, Tokio Blues; Al sur de la frontera, al oeste del sol. En español han tenido una proyección bastante amplia con las traducciones distribuidas por Tusquets y no sin razón, porque Murakami es uno de esos autores únicos en su clase.

Hace poco abrimos una puerta a la literatura japonesa haciendo una reseña de Kenzaburo Oé y su pequeño libro titulado “La presa”, enmarcándolo dentro de una tradición de grandes figuras como Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, figuras mucho más provincianas y locales que el autor que hoy nos convoca. Haruki Murakami es un autor que tiene una relación más bien complicada, y que va mucho más allá de las barreras de la traducción, con su lugar de orígen, Japón.

El New York Times de la semana pasada tenía como uno de sus artículos principales en la sección de cultura un perfil que Sam Anderson hizo a Murakami en su lugar de trabajo. En ella, Anderson dibuja el rostro literario de Murakami como una intersección de elementos propiamente japoneses con múltiples influencias por parte de la cultura occidental: el autor habla un inglés perfecto en una voz profunda y pausada.

Aquí hay un fragmento, aunque recomendamos leerlo todo:

Su carrera comenzó al mejor estilo de Murakami: de la nada, en el sitio más improbable, una verdad descendió sobre él y le cambio la vida. Murakami, de 29 años, estaba sentado en el campo exterior del estadio de baseball local, tomando una cerveza, cuando un bateador golpeó un doble. Era un juego normal, pero mientras la bola cruzaba el cielo, una epifanía golpeó a Murakami y de repente, se dio cuenta que podía escribir una novela. No había sentido nunca la necesidad, pero ahora era un sentimiento abrumador. Y lo hizo. Luego del juego fue a una librería, compró papel y un lapicero y sobre el curso de los próximos meses produjo Hear the Wind Sing [no publicada aún en español]. Es un cuento elíptico de un narrador sin nombre, de 21 años, a quien sus amigos llamaban “la rata” y una mujer de cuatro dedos. No pasa mucho, pero la voz del autor que conocemos está allí desde el principio: es un brote extraño de exotismo y tedio. En sólo 130 páginas, el libro logra referenciar una gran sección de la cultura occidental: Lassie, el Club de Mickey Mouse, Cat on a Hot Tin Roof, el tercer concierto para piano de Beethoven, el director francés Roger Vadim, Bob Dylan, Elvis, y muchas otras cosas, excluyendo cualquier referencia a una obra de arte japonés de cualquier medio. Esta tendencia en el trabajo de Murakami aflige a varios críticos japoneses al día de hoy. [Traducción libre]

Murakami es un escritor por disciplina más que por impulso, de esos que tienen destinado un estudio al que se dedican celosamente durante varias horas al día para escribir.

De ninguna otra manera habría logrado producir el monumental 1Q84, una trilogía de culto que no podrían describirse en un par de páginas. Realmente, debo aclarar, fue publicado en tres partes en Japón, en dos en Inglaterra y en “formato de guía telefónica”, según bromea el propio autor, en Estados Unidos. Aún no es traducido a español, pero con el éxito que ha tenido en el habla hispana, seguro lo estará pronto. Mientras tanto, consulten el resto de su obra en la colección.

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