Un lugar en la memoria de Kenzaburo Oé

Kenzaburo Oe

La presa
Kenzaburo Oé
Anagrama, 1995
pp. 120

Hay un quiebre importante en la obra de Kenzaburo Oé: la lesión cerebral que padece su primer hijo, Hikari, desde su nacimiento en 1963, tema que en palabras del propio Oé ha permeado la confección de sus personajes desde entonces. El período anterior nos ocupa con un autor que hereda la tradición literaria de las mujeres de su aldea en un lugar de la isla de Shikoku que parece inspirar el escenario de La presa, novela corta escrita a la edad de tan sólo veintitrés años.

El narrador es un joven que recuerda acaso dos rasgos de la propia biografía temprana de Oé, la cacería y la guerra. En La presa el padre es identificado con la escopeta de caza y los cepos que ocupan el almacén que sirve de vivienda a él y sus dos hijos. El otro chico, Morro de Liebre, se divierte cazando perros salvajes y se regocija cuando ve pasar el avión que habría de traer al enemigo en la guerra del Pacífico.

El día siguiente el chico que narra la historia se despierta abochornado por la noticia de un ser que los hombres de la aldea, el padre incluido, han vuelto cautivo. Un soldado negro, con rasgos bestiales y con un fétido olor a buey irrumpe en la vida de la población, provocando curiosidad y asombro, que en el caso de los niños inspira tal pasmo que en ocasiones llega al punto de un morbo casi sexual. Las lluvias han anegado el paraje selvático y los hombres y mujeres con sus tareas justamente repartidas se encuentran aislados de la ciudad por un puente que ha sido cortado.

Es este aislamiento el que retarda la comunicación con el gobierno civil e impide la acción sobre la presa a la falta de órdenes; resta el tedioso cuidado que toca dar al enemigo potencial.

Esto concede tiempo suficiente a los niños de husmear sobre las costumbres del negro que a la luz de una cuidadosa observación parece tener algo de humanidad en él. Se vuelve soberbio, así como todo lo que entra en contacto con él, además de despertar la conciencia de las propias imperfecciones: la insignificante infancia del narrador, la pata de palo del funcionario que lleva el correo y el labio leporino que asoma la encía desnuda de Morro de Liebre.

Se vuelve el centro de atención. Los niños llegan a adorarlo y asombrarse sobre sus rasgos hasta que el encuentro entre la tradición y la bestialidad se hace evidentemente conflictivo. No puede primar uno de ellos sin que el otro peligre. Y el niño que nos cuenta la historia está atrapado entre ambos extremos.

Visita los títulos de este autor que tenemos en nuestra biblioteca.

Advertisements

2 Comments Add yours

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s