Un libro, entendido como una obra artística, científica o de otra índole, es una cosa y su soporte, el material sobre el que se registra su información, es otra. Al principio de su historia, los libros estaban en piedra, tablillas de arcilla, papiro, bambú, luego se generalizó su presentación en papel y ahora también están en casetes, discos compactos o en formatos digitales, así que podemos elegir entre leer el libro o escucharlo. Sin embargo, los libros aún no pueden hablar. Me refiero, por supuesto, a que cuando una persona encuentra un libro, éste no puede decirle “Hey, ¿quieres saber cómo descubrieron América? Yo sé la historia. Leeme y te la cuento”.

Si los libros hablaran, no te dirían que son “importantes” o que “te cambiarán la vida”, no te contarían de qué tratan ni hablarían mal de otros libros, no te dirían que son “fáciles” o “difíciles”, no tratarían de parecer agradables. Supongo que jugarían juegos de acertijos, que te preguntarían cosas sobre ti mismo, cosas como:

  • ¿Te han domesticado alguna vez? Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…
  • ¿Cómo defines resaca? Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
  • ¿Quién toma tus decisiones? No estaba asustado, simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal. Estaba a medio camino atravesando América, en la línea divisoria entre el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro, y quizá por eso sucedía aquello allí y entonces, aquel extraño atardecer rojo.
  • ¿Estás listo para enamorarte? Para decir: ‘Yo te quiero’, uno debe saber primero como pronunciar ‘yo’.
  • ¿Qué cosas te hacen perder la cabeza? En Guzerat, a fines del siglo XVIII, un tigre fue Zahir; en Java, un ciego de la mezquita de Surakarta, a quien lapidaron los fieles; en Persia, un astrolabio que Nadir Shah hizo arrojar al fondo del mar; en las prisiones de Mahdí, hacia 1892, una pequeña brújula que Rudolf Carl von Slatin tocó, envuelta en un jirón de turbante; en la aljarra de Córdoba, según Zotenberg, una veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares; en la judería de Tetuán, el fondo de un pozo.
  • ¿Sabés cómo es extrañar a alguien? No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo baste suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio. De la misma manera a la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar cinco millones.

Si los libros hablaran, te dirían que cada uno tiene su tiempo y su momento, que no desesperes si no te dan las respuestas que esperas encontrar, quizás no era su momento de revelarte sus secretos. También te dirían que te dejes llevar, que no intentes controlarlos todo el tiempo, porque algunos son como rompecabezas y tienen sentido solo cuando al final colocamos todas las piezas en su lugar.

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