En la página web de Stephenie Meyer dice que desde la publicación de Crepúsculo, en 2005, se han vendido unas 85 millones de copias de los libros de la serie, al rededor del mundo. En Wikipedia dice que la cifra asciende a 100 millones de copias; pero esta novela no sólo tiene el honor de aparecer en las lista de los más vendidos, también aparece en la lista de los más prohibidos.

Cada año la American Library Association (ALA) celebra la semana de los libros prohibidos (Banned Books Week) en la que no sólo publica el listado de los libros que más personas piden que se retiren de las bibliotecas, sino también hace un llamado a que cada uno de nosotros lea y elija lo que quiere leer.

Una de las dependencias de la ALA, la Oficina para la Libertad Intelectual, recibe las quejas de bibliotecas públicas y escolares, asociaciones de padres de familia, iglesias y otras instituciones, en las que piden que se retiren determinados materiales de los anaqueles de las bibliotecas y de los cursos. Los argumentos de estas individuos y asociaciones para “cuestionar” que cualquier persona tenga acceso a libros, revistas, películas y otros, van desde considerar que usan un lenguaje poco apropiado, que no son adecuados para la edad que se propone para su lectura, que contienen demasiado sexo, violencia, conductas inadecuadas, hasta decir que promueven la desintegración familiar, vicios y homosexualidad.

Sin duda, la idea de la ALA no es promover una especie de anarquía literaria, pero tampoco es dejar que se prohiba la lectura por intereses personales y prejuicios morales. En la historia de la censura hay miles de ejemplos de libros quemados, de autores exiliados e incluso muertos, por defender sus ideas. Quizás ahora esos casos no sean tan frecuentes, sin embargo, aún hay gente que pretende vedar nuestro derecho a elegir qué ideas, qué libros queremos explorar.

Supongo que la pregunta fundamental en casos como éste es ¿con qué criterio alguien puede decirte qué leer y qué no? ¿Quién debe decidir?

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