La última vez que pagué una multa en la biblioteca, no hace mucho, me sentí especialmente mal, porque vengo de lunes a viernes y paso por lo menos ocho horas diarias acá, así que la renovación no debería ser un problema. Si a eso le sumo que puedo renovar mis préstamos en línea, no tengo muchas justificaciones para ese olvido que cuesta dinero. Sin embargo, el asunto podría ser peor. Hay otras bibliotecas donde además de la sanción en efectivo tienen otros castigos para los usuarios olvidadizos.

En la biblioteca de la universidad a la que asiste mi compañera de oficina, te retiran los privilegios de préstamo durante todo un día; no te puedes llevar nada de la biblioteca como castigo por devolver los materiales tarde. Yo hubiera sufrido horrores en ese lugar, no porque tenga como costumbre devolver las cosas tarde, sino porque seguro me hubiera atrasado en la fecha de alguna entrega final, así como alguna vez se quemó el monitor de mi computadora y unos días después perdí todos mis trabajos porque se quemó el resto de la computadora.

Comprendo que es espinoso el tema de los castigos y que siempre se da el caso en que justos pagan por pecadores, porque hay más rezones para un retraso que la falta de voluntad y la pereza en general. Desde que ella me contó cómo no pudo llevarse el resto de libros que necesitaba para terminar su trabajo, después de que llegó un día tarde a renovar su préstamo, me ronda por la cabeza la seria duda de si esa sanción ha hecho que los usuarios de esa biblioteca sean más responsables con la devolución de los materiales o si sólo están logrando que sus usuarios habituales, aquellos a los que si les aflige no poder sacar libros, busquen alternativas fuera de la biblioteca para obtener los materiales que necesitan.

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