Hace un rato estaba haciendo cola para prestar unos libros en la biblioteca y me tocó la suerte de escuchar una conversación entre dos alumnas de primer año, la cosa iba más o menos así:

1. – Pero sólo hay uno en la biblio y tendría que estar renovando el préstamo a cada rato porque hay que leerlo todo. Creo que mejor le voy a sacar copia.

2. -¿Y si lo comprás?

1. -Sí, podría ser, pero debe ser caro.

2. Hacé la cuenta, tiene 642 páginas.

1. (sacó un teléfono móvil que debe costar por lo menos 30 veces lo que cuesta el libro, hizo un cálculo y dijo) Sale en Q80 la copia, creo que es mejor que comprar el libro. Yo “amo” tanto los libros que sólo invierto si voy a comprarTwilight.

La conversación se desvió a ámbitos diversos. Hablaron de su profesor de filosofía, de cómo ambas odiaban la filosofía (porque en el colegio nunca entendieron nada, coincidieron) de cómo el profesor había hecho interesante la clase de esta mañana, tanto que no les había dado sueño. Entonces llegaron otras chicas y yo decidí que era mejor volver a mi oficina.

Después de darle vueltas al fabuloso diálogo, de hecho saqué un par de cosas en claro. Primero, pensé que la chica por lo menos ha leído Twilight y ello la hace considerar que podría comprar un libro alguna vez (consuelo vil, lo sé). Segundo, es triste en muchos sentidos que una clase de filosofía en el colegio no les haya dicho “nada”, que los libros no sean importantes, que la fotocopia sea una posibilidad, que ellas estén empezando una carrera y una vida profesional y no tengan la menor idea de por qué comprar y leer un libro puede ser una inversión. Después vino la duda, ¿cómo le hace uno para que los libros, las maravillosas historias contenidas en 642 páginas, sean respuestas para los estudiantes? ¿Cómo le hace uno para convencerlos de dar el primer paso e iniciar la búsqueda entre las líneas de un libro?

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