Ayer escuché “overheard” una plática en el lobby de la Biblioteca.  Bueno, no fue tan “overheard” porque sabían que los estaba escuchando.  ¿De qué estaban hablando? Sobre cuan mal redactan sus ensayos universitarios los alumnos.

Ayer estaba leyendo en casa el libro de Tory Young “Studying English Literature.  A practical guide” y encontré la siguiente transcripción:

“For employers in postindustrial society, literacy is a valuable commodity that has taken the place of precious material commodities (…) Western economies are now dependent upon commerce and IT (…)  However, as the ability to read and write has become common, so, ironically, has the skill become devalued.  It is not longer enough to  be able to read and write to gain clerical employment (…)

You might be surprised, (…) while commentators frequently suggest that knowledge of spelling, punctuation, correct gramatical terms and constructions is in decline and is either untaught or badly taught in compulsory education, this is an opinion that has been voiced since at least the nineteenth century.  In 1879, a Harvard professor, spoke to school-teachers about the low standard of written works submitted by entrants to the university. (…)”

y acá viene lo interesante,

“This complain has been particularly loud at times of social change and increasing student numbers.  Some people feel that it masks an ideological opposition to the expansion of higher education.  Every time government seek to increase the numbers of students going on to university and thus every time work is being done to involve more people from outside society’s elites in further education, the accusation is made that these are people who are not capable of it, and will not benefit from it.”


Y saben que estoy muy de acuerdo con pensar que los alumnos no necesariamente son cada vez más tontos, como afirmó un catedrático de la universidad en un almuerzo socrático, sino que, los alumnos son simplemente cada vez más y distintos.  Es cierto, la mayoría no sabe escribir y mucho menos leer.  Aprendieron las técnicas necesarias para relacionarse en un mundo cada  vez más simple y digitalizado que responderá a órdenes auditivas.

Sin embargo, muchas de las respuestas a la habilidad que tienen algunos niños para leer y escribir se han heredado desde el seno del hogar y la escuela.  ¿Ustedes en dónde aprendieron a leer?  ¿Cuáles son sus recuerdos de la primera vez que estuvieron escribiendo?  ¿Con quién compartían lo que escribían o leían? ¿Qué opinan de cómo leen y escriben actualmente? Esas son tan sólo algunas de las preguntas que todos deberíamos conocer.

Más sobre el libro: el autor del libro en el primer capítulo deja muy claro que tan importante como saber escribir es aprender a leer.  Además, comenta que el hábito de escribir suele ser una actividad privada y egoista; mientras que leer es un hábito que se comparte en grupos familiares y de amigos pues es un medio para establecer vínculos.  Me gusta mucho ese comentario.  (el acceso al libro en el catálogo de la Biblioteca LvM) + (acceso digital al índice del libro).

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