Un dilema más en las bibliotecas es hasta qué punto le conviene “dar a conocer” libros a los visitantes.  Porque, como ocurre en muchos museos, hay libros que son antiguos, únicos y valiosos, y usualmente no están al alcance de todas las personas sin antes pedir una cita vigilada.  

¡Alto!  Porque la función de las bibliotecas es poner al alcance de los usuarios los libros.  Idealmente, ponerlos al alcance del usuario sin la necesidad de utilizar muros de vidrio o alarmas que detectan el movimiento del salón.

A veces los libros se extravian y suelen aparecer mal ubicados en los estantes días, semanas o meses después.  Otras veces dejaron el espacio vacío de su ubicación en el estante y nunca más se recuperan pistas de su último destino.  ¿Pero cómo pueden desaparecer los libros que estaban ubicados en exhibiciones vigiladas?

Esas ya no son “pérdidas” o “extravíos” rutinarios.  Ese es el trabajo de profesionales que viajan en busca de tesoros y están dispuestos a todo.  Esos son los que realmente me asustan y si quieren conocer alguna historia ficticia sobre estos interesantes personajes les  recomiendo leer “Mandrake.  La Biblia y el bastón” del brasileño Rubem Fonseca.

Mientras tanto, en bibliotecas aspiracionales y de sueño como la de Tulane seguramente seguirán acumulándose historias de libros “extraviados”.  ¡Que miedo!

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