El pasado martes 8 de abril nos visitó Christopher Phillips, autor de  Socrates café, Socrates enamorado, Seis preguntas de Socrates, entre otros. Estuvo en Guatemala y tuvimos la oportunidad de hacer una reunión especial con él y los miembros de los clubes de lectura de la Biblioteca.

La reunión fue muy agradable, aunque empezó con una de mis típicas metidas de pata: eran las 5:35 p.m. y era hora de iniciar la reunión así que anuncié que les presentaría a nuestro invitado. Tomé las hojas en donde tenía un apunte de sus datos y dije que era un honor contar con la visita de Richard Phillips. Por supuesto el público presente se me tiró encima y me dijo que él se llamaba Christopher. Él, en un generoso gesto de simpatía me dijo que estaba pensando en cambiarse el nombre y que Richard le parecía una buena opción. Todos rieron y la reunión salió bien.

Para mi desgracia no es la primera vez que me pasa. Ya confundí otro nombre en el pasado. En una presentación en Sophos le dije Alfonso a Adolfo Méndez Vides, quien por suerte tampoco se lo tomó a mal.

Quise compartir este pequeño episodio de mi vida bibliotecaria porque a veces es bueno reírse un poco de uno de uno mismo, e invitar a otros a reír con nosotros. No sé por qué uno tiene esos lapsus, supongo que lo importante es aprender a vivir con ellos.

Christopher Phillips defiende la idea de aprender a escucharnos los unos a los otros, de comprender que nuestras ideas no son “La verdad”, que mi verdad y tu verdad son más interesantes si se dialogan en lugar de debatirse.

Lamento mucho haber confundido su nombre; sin embargo, ese segundo de risa me ayudó a recordar con más claridad algunas de las ideas que discutimos en nuestra pequeña muestra de diálogo socrático. Me ayudó a comprender que las ideas con risa se comparten más fácil.

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