En busca de libros

Antes de trabajar en la biblioteca trabajé en una librería. Me gustaba mucho entrar en la mañana y sentir el olor de los libros y el café; ver las mesas llenas de libros nuevos, empacaditos e intactos; recomendar a mis favoritos y pasarme largos ratos en la sección de libros para niños.

En una librería ves pasar a los libros. Sus temporadas pueden ser cortas si se trata de un best-seller o de la dieta de moda, largas si es un pesado libro de historia antigua o de filosofía. Los encuentras apilados con los de su clase cuando acaban de llegar o solitos en la librera cuando tienen el honor de ocupar el lugar que les toca alfabéticamente.

Mi relación con los libros de la biblioteca es distinta. Acá no todos los libros son nuevos, hay unos muy antiguos, que huelen a papel viejo y que cuentan historias en las marcas que múltiples lectores han dejado en sus páginas. Además de las exhibiciones uno no se encuentra con mesas llenas de libros, para encontrar el que buscas tenes que ir a buscarlo a su apartamento, cuya dirección, por supuesto, está registrada en el catálogo y depende del Dewey.

Acá tampoco son populares todos los libros. Algunos lo son cuando acaban de llegar, otros cuando se acercan los exámanes. Lo lindo de estos libros es que tienen una historia colectiva, rastros que les van dejando aquellos que los leen.

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