Cuando estudiaba en la universidad la biblioteca no me era tan ajena como lo era para algunos de mis compañeros. Yo conocía muy bien la sección de referencia, por ejemplo. Sabía dónde estaba el anaquel en el que me esperaban las colecciones que contenían el resumen de los libros clásicos que me dejaban para leer en algunos cursos. También sabía a qué hora estaban los bibliotecarios que me ayudaban a encontrar la información que necesitaba y quiénes eran los que, de plano, no daban pie con bola.

Jamás consideré que en una biblioteca se trabajara mucho. De alguna forma creía que los libros siempre estuvieron ahí; no tenía idea de todo el trabajo y conocimientos que requiere clasificarlos, ordenarlos, cuidarlos, encontrar el libro justo que el estudiante necesita. Tampoco me parecía un trabajo interesante.

Por esas vueltas de la vida, terminé trabajando en una biblioteca. No como bibliotecaria, porque no sería capaz de realizar esa labor con la pericia que se requiere, además no estudié para ello, pero si lo suficientemente cerca para conocer los detalles interesantes de esta labor.

El proceso de los libros requiere de varias etapas y gracias al trabajo de mucha gente es posible que todos los libros de resúmenes estén juntos en un lugar, para que estudiantes distraídos y malos lectores los encontremos sin dar muchas vueltas. También gracias al trabajo de estas personas es posible que los buenos lectores y los estudiantes aplicados encuentren el libro que necesitan.

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