Leadhills Miners’ Library
[Biblioteca circulante “Leadhill’s Miners”, fundada en Inglaterra en 1741]
“Vengo a alquilar un libro!” Nuestros estudiantes no dicen que prestan libros: la mayoría afirman que los alquilan.  Y conste que no les cobramos por llevárselos (aunque talvez ese no sería un mal modelo, ya que no hay libros gratis…)  

Probablemente se expresan así porque aprendieron el concepto de alquilar videos en un videoshop antes que el de prestar libros en una biblioteca.   Cuando les comenté esto a mis estudiantes de Texas, me dijeron que ellos también usan una expresión equivalente (“rent” en lugar de “check out”) a pesar de que están acostumbrados a visitar las bibliotecas desde muy pequeños.  Y en realidad, qué habría de raro en alquilar un libro?

Hasta hace unos 300 años, las bibliotecas eran principalmente repositorios de libros y el servicio principal a sus usuarios era mantener áreas de lectura silenciosas y bien iluminadas.  Pero a principios del siglo 18 surgió en Inglaterra la primera biblioteca circulante.  Mediante el pago de una membresía, los socios podían llevarse libros y leerlos en el parque, en sus camas antes de dormirse, o dondequiera lo desearan.  Las empresas editoriales se opusieron, pues temían perder ventas.  Pero la idea pegó rápidamente, se extendió, y este tipo de bibliotecas prevaleció en Europa y Estados Unidos hasta mediados del siglo 19, que fue cuando tomó auge el sistema de bibliotecas públicas.  

En 1972, una empresa llamada Cartrivision empezó a ofrecer películas grabadas en cassettes de video que podían ser vistos en una consola especial conectada al aparato de televisión.   Los cassettes tenían una característica especial: sólo podían ser vistos una vez, porque para retrocederlos era necesario usar una máquina especial que ayudaba a contabilizar la cantidad de “alquileres” que se habían hecho.  De manera similar a lo que había sucedido dos siglos antes con los editores de libros, los productores de películas no querían perder ventas, pero los usuarios demandaban un sistema más conveniente, así que eventualmente, surgieron los VCRs y hoy tenemos DVDs y opciones para alquilarlos y comprarlos.

Roehl & Varian relatan en “Circulating Libraries & Video Rental Stores” que, para 1996, los consumidores en Estados Unidos gastaron $9.2 billones en alquileres y $7.3 billones en la compra de videos.  Así pues, tal como las bibliotecas circulantes ayudaron a crear un mayor mercado para los libros impresos, el alquiler de películas creó el gusto por verlas en casa y motivó a la gente a adquirir las propias.  

Hoy nos encontramos con una situación similar en el ámbito digital.  Los editores de libros son muy cautelosos a la hora de ofrecerlos en formato digital, ya que tienen mucho miedo de perder ventas, y sobre todo, temen que si entregan una copia digital completa de un contenido, ésta será fácilmente reproducida cualquier cantidad de veces, mientras que una copia de un libro físico es menos fácil de copiar.  Por lo tanto, al menos por un tiempo, y para los materiales que normalmente tenemos en una biblioteca, el modelo que probablemente prevalecerá será uno de subscripción:  la biblioteca (o incluso, el mismo usuario si Google lleva a cabo su proyecto de alquilar libros) paga una cuota, y los usuarios tienen acceso por tiempo limitado, o en forma limitada (cierto número de páginas a la vez) a los contenidos digitales. 

Llegarán los editores a confiar en los usuarios lo suficiente para entregarles copias de los contenidos, sin restricciones, para que puedan bajarlos a su laptop o ebook reader y llevarlas consigo a dondequiera que deseen? 

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